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"Una
nueva mentalidad para las Naciones Unidas".
SECRETARIO GENERAL
ALOCUCIÓN
ANTE LA SESIÓN PLENARIA DEL FORO ECONÓMICO
MUNDIAL (Davos, Switzerland, 26 de enero de 2006)
Algunos de ustedes
se acordarán de mi llegada a Davos nueve
años atrás, como flamante Secretario General.
Desde ese entonces
he asistido a todas sus reuniones anuales salvo tres, incluida la memorable
reunión de 2002, cuando ustedes vinieron a demostrar su confianza
en Nueva York luego del atentado contra el World Trade Center.
Por eso,
Klaus, no dudé un solo minuto antes de aceptar tu amable invitación
para venir aquí una vez más, al comienzo del último año de mi mandato. Y me complació sobremanera
aceptar el título que sugeriste para esta sesión: “Una nueva mentalidad para
las Naciones Unidas”.
¿Por qué? Porque este título expresa algo que he tratado de alcanzar
a lo largo de esos nueve años y que ha tenido que ver con el propio proceso
de Davos.
En 1999, cuando vine aquí para proponer un “pacto mundial” entre
las Naciones Unidas y el sector privado, muchos de mis colegas en la Secretaría —y
muchos representantes de Estados Miembros— no se habrían sorprendido mucho
más si yo hubiera propuesto un pacto con el demonio.
Esta es la mentalidad que he estado tratando de cambiar
a lo largo de mi mandato, la mentalidad para la cual las relaciones internacionales
no son sino relaciones entre Estados y las Naciones Unidas son poco más
que un sindicato de gobiernos.
Mi objetivo ha sido persuadir tanto
a los Estados Miembros como a mis colegas de la Secretaría de que las Naciones
Unidas deben tratar no sólo con gobiernos sino con pueblos. Estoy convencido
de que sólo así podrán cumplir su vocación y servir a la humanidad en el
siglo XXI.
Fue por eso que en el año 2000 usé las primeras palabras de la Carta de las
Naciones Unidas, “Nosotros los pueblos”, como título de mi informe sobre el programa
para la Cumbre del Milenio, en la que los dirigentes políticos de todo el mundo
se dieron cita para evaluar los desafíos del nuevo siglo y aprobar una respuesta
colectiva, la
"Declaración del Milenio".
Y fue por
eso por lo que el año pasado, en mi informe titulado “Un concepto más
amplio de la libertad”, insté a los gobiernos a aceptar que la seguridad y el
desarrollo son interdependientes y que ni una ni otro podía sostenerse a la larga
sin respetar los derechos humanos y el imperio de la ley.
El informe
se había concebido como un plan detallado, no sólo para una reforma
de largo alcance de las propias Naciones Unidas, sino también para una serie
de decisiones que habrían de permitir a la humanidad alcanzar los objetivos de
la Declaración del Milenio, particularmente a la luz de los nuevos desafíos surgidos
posteriormente.
Queda por ver hasta qué punto ese plan detallado se hará realidad. Pero mientras
tanto las Naciones Unidas no han permanecido ociosas. ¡Todo lo contrario! Este
ha sido un decenio de rápidos cambios. Permítanme darles algunos ejemplos.
Cuando asumí el cargo, existía una difundida percepción, basada en los trágicos
sucesos de Bosnia, Somalia y Rwanda, de que las operaciones de las Naciones Unidas
para el mantenimiento de la paz eran un experimento fallido, y de que en adelante
esa tarea debería estar a cargo de organizaciones regionales.
Las personas
que se ocupan del mantenimiento de la paz, especialmente en países
en los que siguen prevaleciendo los conflictos, es decir, donde literalmente
no se conoce la paz, siguen enfrentándose a inmensas dificultades. Incluso así,
hay hoy en día 85.000 personas que prestan servicio en 16 operaciones de las
Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz en cuatro continentes. La mayoría
de ellas no son observadores estáticos de una tregua, sino participantes activos
en la aplicación de acuerdos de paz, que ayudan a los pueblos de países asolados
por la guerra a realizar la transición de la guerra a la paz.
Por cierto,
en muchas partes del mundo las organizaciones regionales desempeñan
un papel importante que a todas luces les corresponde. Pero la mayoría de las
veces lo hacen en asociación con las Naciones Unidas. Las Naciones Unidas se
han convertido, en la práctica, en el mecanismo indispensable para la prestación
de asistencia internacional a los países que se están recuperando de un conflicto,
hecho que los Estados Miembros han reconocido al acordar la creación, en el marco
de las Naciones Unidas, de una Comisión de Consolidación de la Paz que se ocupará de
gestionar este proceso tan complejo.
Este pasado decenio hemos visto
también una utilización creciente de las sanciones
económicas de las Naciones Unidas. Esas sanciones se usan hoy no sólo para restringir
las actividades de Estados recalcitrantes o ejercer influencia sobre ellos, sino
también para hacer lo propio respecto de actores no estatales, como movimientos
rebeldes o grupos terroristas. Al mismo tiempo, el Consejo de Seguridad ha perfeccionado
sanciones más humanas, dirigidas contra personas concretas y no contra sociedades
enteras, como la prohibición de viajar y la congelación de cuentas bancarias.
El
mismo concepto de sancionar a personas concretas y no a comunidades ha inspirado
la labor de los tribunales penales de las Naciones Unidas para Rwanda y la ex
Yugoslavia, uno de los cuales fue el primer tribunal internacional en declarar
a un acusado culpable de genocidio (en particular, a un antiguo primer ministro)
y de violación como crimen de guerra, mientras que el otro fue el primero en
inculpar y procesar a un antiguo Jefe de Estado.
Ello, a su vez, ha
dado origen a otras innovaciones, entre ellas el tribunal mixto de Sierra Leona
y, por supuesto, la Corte Penal Internacional. Esta última
no es un órgano de las Naciones Unidas, pero las Naciones Unidas convocaron la
conferencia que adoptó su Estatuto en 1998 y prestaron a esa conferencia los
servicios necesarios.
Más de 100 Estados han ratificado ya el Estatuto, lo que significa que bastante
más de la mitad de los Estados Miembros de las Naciones Unidas reconocen ahora
la jurisdicción de la Corte.
Otro de los cambios ocurridos en las Naciones
Unidas es la creciente atención
que se presta a los derechos humanos, que se ve reflejada en la reciente decisión
de los Estados Miembros de fortalecer la oficina del Alto Comisionado para los
Derechos Humanos. Esa oficina ya es una dinámica entidad operacional, que despliega
a centenares de trabajadores de derechos humanos en todo el mundo y les presta
apoyo. Y espero que en las próximas semanas se llegue a un acuerdo respecto de
un cambio correspondiente en el plano intergubernamental, con la creación de
un Consejo de Derechos Humanos de mayor autoridad, que reemplazará a la ampliamente
desacreditada Comisión de Derechos Humanos.
Un ejemplo más de cambio: las Naciones Unidas han respondido al crecimiento del
terrorismo internacional. Incluso antes del 11 de septiembre, el Consejo de Seguridad
había impuesto sanciones contra Al-Qaida y establecido un comité especial para
vigilar sus actividades. Inmediatamente después del atentado, el Consejo fue
mucho más lejos, con su histórica resolución 1373, por la que impuso una serie
de estrictas obligaciones a todos los países, estableció una lista de terroristas
y organizaciones terroristas, y creó el Comité contra el Terrorismo, que se ocupa
de vigilar que los Estados Miembros cumplan sus obligaciones y los ayuda a mejorar
su capacidad para promulgar y aplicar leyes antiterroristas.
Para resumir,
estoy convencido de que las Naciones Unidas están demostrando ser
un instrumento cada vez más flexible, al que los Estados Miembros recurren para
el desempeño de una gama cada vez más amplia de funciones.
Por ejemplo,
en los últimos cinco años se han confiado a las Naciones Unidas
las tareas siguientes:
guiar la transición del Afganistán del páramo anárquico de los talibanes y
los señores de la guerra a la democracia incipiente de hoy día, que sigue luchando
con dificultades pero abriga la esperanza de un futuro mejor; ayudar a establecer el Gobierno Provisional del Iraq y ayudar a organizar el
referéndum y las elecciones en ese país, de igual manera que las Naciones Unidas
han apoyado la celebración de elecciones democráticas en la mitad de las naciones
del mundo a lo largo de los últimos 12 años; verificar la retirada de las tropas sirias del Líbano y llevar a cabo, por
primera vez, una investigación penal a fondo del asesinato de un antiguo primer
ministro; coordinar las actividades mundiales de socorro después del tsunami, y volver
a hacerlo después del terremoto en Cachemira; y tomar la delantera
en los esfuerzos para proteger a los pueblos del mundo de la gripe aviar, despertando
la conciencia mundial al respecto y recaudando
los fondos necesarios.
Lo que tienen en común todas esas actividades es que al llevarlas a cabo las
Naciones Unidas no sólo intervienen en las relaciones entre sus Estados Miembros
sino también en la vida de sus pueblos. Al realizar esas tareas, debemos tratar
no sólo con gobiernos sino también con todos los actores nuevos en el escenario
internacional.
Eso incluye al sector privado, pero también a los parlamentarios, las organizaciones
voluntarias sin fines de lucro, las fundaciones filantrópicas, los medios mundiales
de información, las personalidades del mundo del deporte y el espectáculo, y,
en algunos casos, los sindicatos, los alcaldes y los administradores locales.
Me refiero también a actores menos benévolos, como los terroristas, los señores
de la guerra y los traficantes de drogas, de armas ilícitas o, aún peor, de
vidas y cuerpos de seres humanos.
Es por eso que he exhortado reiteradamente
a todos los órganos de las Naciones
Unidas a una mayor apertura hacia la sociedad civil, para que sus decisiones
puedan reflejar plenamente la contribución de los grupos y particulares que se
dedican a estudiar problemas específicos, o que trabajan en campos específicos.
Es
por eso también que yo mismo he procurado ampliar mis contactos con estudiosos,
con parlamentarios, con especialistas de todo tipo y con los jóvenes, procurando
informarme de sus opiniones y también alentarlos a hacer uso de su talento
para bien de todos y a mantener una perspectiva mundial.
Es éste uno de los motivos de mis constantes esfuerzos por lograr que para el
público nuestra Organización sea más transparente y más fácil de comprender y,
de esa manera, rinda verdaderamente cuentas de su actuación.
Y, por
supuesto, es el motivo que me llevó a lanzar el Pacto Mundial, que gracias
a la entusiasta acogida del empresariado internacional, incluidos algunos de
los aquí presentes, se ha convertido en la iniciativa de responsabilidad cívica
empresarial más importante del mundo, en la que participan más de 2.400 empresas
de casi 90 países.
Esta nueva mentalidad debe adoptarse también en la esfera de la paz y
la seguridad internacionales, de manera que al pensar en la seguridad
lo hagamos no sólo en términos tradicionales, con el objeto de prevenir
la guerra entre Estados, sino también para proteger a los pueblos del
mundo de amenazas que para muchos de ellos hoy parecen ser más inmediatas
y más reales.
Una de esas amenazas es la amenaza de genocidio
y otros crímenes de lesa humanidad.
En 1999 señalé esta cuestión a la atención de la Asamblea General, advirtiendo
que tales atrocidades masivas nunca podían considerarse un asunto puramente interno.
Los bien llamados crímenes de lesa humanidad exigen una respuesta colectiva de
la humanidad, que debe ser organizada y legitimada por las Naciones Unidas.
Recientemente, el Grupo de alto nivel que designé en 2003 determinó la existencia
de una amplia gama de amenazas: la pobreza, las enfermedades infecciosas y la degradación
ambiental; los conflictos entre Estados y los conflictos internos; la proliferación de las armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas; el
terrorismo; y la delincuencia organizada transnacional.
Mi
informe “Un concepto más amplio de la libertad” se basó en esta nueva
definición de la seguridad mundial, así como en las recomendaciones detalladas
del Proyecto del Milenio para alcanzar en 2015 los objetivos de desarrollo
del Milenio, lo que por sí solo libraría a muchos millones de personas
de las amenazas de la pobreza y la enfermedad.
Pero mi informe
incluía también una tercera dimensión: los derechos humanos y
el imperio de la ley. Sin ellos, cualquier sociedad, por bien armada que esté,
no logrará estar segura, y su desarrollo, por más dinámico que sea, seguirá siendo
precario.
Los Estados Miembros usaron el informe como punto de partida
para sus negociaciones sobre el documento final de la cumbre mundial celebrada
el pasado mes de septiembre.
No puedo decir que ese documento haya realizado todas mis esperanzas. Sin embargo,
contiene muchas decisiones importantes: la creación de una Comisión de Consolidación
de la Paz y de un Consejo de Derechos Humanos, los compromisos de promover el
logro de los objetivos de desarrollo del Milenio, y la aceptación por todos los
Estados de la responsabilidad individual y colectiva de proteger a las poblaciones
del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes
de lesa humanidad.
Excelentísimas Señoras, Excelentísimos Señores,
damas y caballeros,
Las Naciones Unidas no se pueden quedar paradas,
porque las amenazas contra la humanidad no cesan. Cada día el mundo se enfrenta con nuevos retos, que los fundadores
de las Naciones Unidas hace 60 años no podían haber previsto. Ya sea una crisis
amenazadora con respecto al Irán y su cumplimiento del Tratado sobre la no proliferación
de las armas nucleares, las constantes atrocidades en Darfur o la amenaza de
una pandemia causada por la gripe avial, la población de todo el mundo espera
que las Naciones Unidas desempeñen una función en el establecimiento de la paz,
la protección de los civiles, el mejoramiento de los medios de vida, la promoción
de los derechos humanos y el respeto del derecho internacional. Me he esforzado
duramente durante largos años por transformar a las Naciones Unidas para que
cuando se recurra a nosotros, como sucede cada día, actuemos con eficacia, eficiencia
y equidad, como se nos pide. Este es el verdadero objetivo de los cambios que
he tratado de impulsar y constituirá la auténtica medida de mi éxito o fracaso.
Y
mi sucesor (y entiendo que varios de los integrantes de este grupo podrían
estar interesados en el cargo) no tiene de qué preocuparse. Cambiar la mentalidad
de las Naciones Unidas, para que refleje el sentir de los tiempos y también contribuya
a plasmarlo, es un reto eterno. Habrá mucho que hacer en los años
y decenios por venir.
Muchas gracias.
Kofi A. Annan |
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